Todos los lunes a las 20:30 hrs. en El Péndulo de Polanco y todos los miércoles a las 19:30 hrs. en Un lugar de la Mancha de Arcos Bosques nos reunimos hombres y mujeres con inquietudes acerca de la vida cotidiana. No se trata de un curso ni de conferencias, sino de un debate coordinado y moderado por Esther Charabati*. Cada uno elige libremente cuándo quiere asistir y siempre encuentra un ambiente cálido y cordial, con gente interesante de diversas edades y profesiones.
Esta semana abordaremos el tema: “¿El fin justifica los medios?”. Te invitamos a pensar con nosotros si existen situaciones que justifiquen el utilizar cualquier recurso y, si es el caso, cuáles son esas situaciones.
¿El fin justifica los medios?
Es común, cuando juzgamos los actos ajenos, que éstos nos parezcan buenos, aceptables, reprobables o repugnantes: de acuerdo con esta burda clasificación, nuestros propios actos deberían caer con frecuencia en las categorías “buenos-aceptables”. O no, porque nuestros juicios se modifican de acuerdo al actor y a la situación. Así, un acto como mentir, al que solemos considerar negativo, en ciertos contextos nos resulta aceptable, porque, decimos, el objetivo a alcanzar lo ameritaba: lograr, por ejemplo, darle esperanzas a un deshauciado.
La idea generalizada es que los actos que hacen daño a un tercero son condenables y por lo tanto prohibidos, pero la realidad nos provee del ejemplo contrario. ¿Por qué el padre humilla al hijo? “Para hacerlo hombrecito” podría responder el padre de Kafka, y más de uno le daría la razón y añadiría otras agresiones que “fortalecen” a los niños. ¿Por qué la mujer engaña al marido? “Para que no sufra”. Y así, a veces, hacemos daño convencidos de que es un mal menor. ¿Lo es?
La idea de que el fin justifica los medios –atribuida a Maquiavelo** aunque él nunca la escribe- es una idea utilitarista que pretende pasar por detrás de las exigencias éticas esgrimiendo el éxito como defensa. En ese sentido, explicaciones como “Tomé esteroides para ser campeón olímpico”, “Tomé prestado el dinero por unos días para aprovechar una oportunidad” han pasado a ser, incluso, confesables. ¿Significa esto que los medios quedan justificados y que han resistido el examen ético?
No, el fin nunca justifica los medios. La riqueza y el poder de una persona no borran los delitos o crímenes que cometió para ocupar tal lugar… aunque la sociedad pretenda no verlos. Los medios deben justificarse a sí mismos. No podemos considerar como buena la calumnia porque nos permitió desenmascarar a alguien: el hecho de que nos conduzca a una consecuencia positiva no la convierte en una conducta “buena”. Por otro lado, tampoco podemos incurrir en comportamientos condenables porque nos consideremos capaces de prever los resultados: no somos omniscientes, no podemos prever el futuro y las consecuencias pueden ser muy distintas a lo que imaginamos. Sumado a esto está el hecho de que hay muchas maneras de evaluar los resultados: quien se siente muy orgulloso de haber recurrido al engaño o a la coerción para que su hijo estudiara medicina en vez de músico, no suele contar con los elementos para tal regocijo: en primer lugar porque el hijo puede ser muy infeliz aunque lo oculte; en segundo lugar porque en diferentes momentos de la vida, el hijo puede juzgar esa decisión correcta, equivocada o monstruosa y su reacción hacia el padre también puede variar. Tal vez el padre nunca llegue a saber si su “éxito” benefició a su hijo.
Esto significa que, si pretendemos actuar éticamente, no sólo tenemos que vigilar los fines, sino también los medios. Sin embargo, queda una pregunta pendiente: cuando la meta es vital para nosotros, ¿podemos detenernos a pensar en los medios?
Esther Charabati
**El texto de Maquiavelo del que se desprende esa interpretación es el siguiente: “Una mente sabia no condenará jamás a alguien por haber utilizado un medio fuera de las reglas ordinarias para ordenar una monarquía o para fundar una república. Lo que se desea, es que si el hecho lo acusa, el resultado lo disculpe”. Es evidente que Maquiavelo no se refiere a cualquier fin, sino a uno en particular que él equipara al bien común: el Estado.
*Esther Charabati. Licenciada en Filosofía y Maestra en Pedagogía por la UNAM. Autora, entre otros, de Rasgando el tiempo, El oficio de la duda y No soporto el paraíso.
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