DR. WOLF LUIS MOCHAN
BACKAL
CENTRO DE CIENCIAS
FISICAS
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTONOMA DE
MEXICO
Presente
Me estoy permitiendo hacerle llegar otro artículo
escrito por nuestro consejero, Dr. Pablo Latapí Sarre, titulado “Otra
manera de vivir la fe y la ciencia”, publicado el día de hoy, en la sección Opinión del periódico La
Crónica de Hoy.
Aprovecho la ocasión para enviarle un cordial saludo.
Atentamente,
Luz Elena Cabrera Cuarón
Secretaria Ejecutiva Adjunta
Consejo Consultivo de
Ciencias de la
Presidencia de la
República (CCC)
San Francisco No. 1626-305
Col. Del Valle
Delegación Benito Juárez
03100 México, D.F.
Teléfonos
(52 55) 5524-4558, 5524-9009
y 5534-2112
lecabrera@ccc.gob.mx
correo@ccc.gob.mx
http://www.ccc.gob.mx


Por: Dr. Pablo Latapí
Sarre* | Opinión
Miércoles
2 de Julio de 2008 | Hora de publicación: 03:43

Otra manera de vivir la
fe y la ciencia
Hace ocho días (Crónica, 25 de junio)
intenté mostrar que el pensamiento científico actual, después de la revolución
cuántica, está muy lejos de la antigua concepción mecánica del universo y de la
epistemología que le era propia; y por ello la ciencia tiene una idea de sí
misma mucho más problematizada que en la época del racionalismo triunfante. Es
una paradoja que sean precisamente sus maravillosos descubrimientos los que la
llevan a comprender los límites de su “razón científica”. Por lo
mismo, la mayoría de los científicos contemporáneos no son arrogantes; no ven
con lástima o condescendencia a los que aceptan la religión (“analfabetos
científicos” en espera de ser salvados por la ciencia); muchos de ellos
asumen una actitud de humildad, derivada del asombro.
Hoy me ocuparé del otro polo de la relación ciencia-fe: la fe religiosa. Si
hace 50 años algunos científicos entusiastas proclamaban que la ciencia
acabaría con la idea de Dios y con el ámbito de la experiencia religiosa, y si
también algunos hombres religiosos recurrían a la razón para
“probar” la existencia de Dios o construir una apologética de las
verdades de su fe, hoy el escenario es muy distinto. Una mente reflexiva puede ver
en la ciencia —dialogando con ella y asumiendo sus incertidumbres—
una invitación a la aceptación del misterio, el misterio no como residuo que
queda sin explicar por la triunfante ciencia, sino como realidad insondable que
está presente en el fondo de lo que somos, y que nos invita a aceptar otro
orden de la existencia: el religioso. Ciencia y religión pueden ir de la mano,
en beneficio de ambas; religión y ciencia son dos caminos complementarios que
se enriquecen recíprocamente en la indagación de nuestras preguntas últimas.
Las múltiples perplejidades por “lo que no sabemos” llevan a todo
espíritu honrado a la actitud de admiración; a preguntarnos por “lo que
hay detrás” y a intentar construir puentes hacia esas realidades
misteriosas; eso no es aún fe religiosa, aunque puede prepararla. Fe es
experiencia de Dios, en uno mismo y en lo que percibe, en lo que entiende y en
lo que no entiende; experiencia vital, a veces respuesta, las más de las veces
sólo silencio ante un infinito que nos sobrepasa. El enigma está ahí, no
obstante la fe: “un enigma que no puede resolverse únicamente por los
avances del conocimiento objetivo, porque lo que le otorga su carácter único es
la raíz de la libertad de cada individuo” —en, Theobald, Christof, et al., L’univers
n’est pas sourd. Pour un
nouveau rapport sciences et foi, Bayard, París, 2006,
p.358—.
Muchos científicos y muchos teólogos están replanteando la
relación ciencia-fe. Han superado la antigua posición de “conflicto
insuperable”, también la de “total independencia” entre ellas;
y han entrado a un “diálogo constructivo” que las enriquezca a
ambas. Un caso que en lo personal me resulta ilustrativo es el de John
Polkinghorne, notable físico cuántico y matemático inglés que, en paralelo con
su profesión científica, estudió teología y se ordenó de pastor en la iglesia
anglicana; con buen conocimiento, tanto de la ciencia como de la teología,
busca la conciliación entre ambas, indagando “una mutua inteligibilidad
de doble dirección”. Su argumento central es la “verosimilitud”
de la fundamentalidad creadora de Dios. En vez de citar sus libros, remito al
magnífico ensayo de Javier Monserrat, “John Polkinghorne: Ciencia y
religión desde la física teórica”, en, Pensamiento:
Revista de Investigación e Información Filosófica, vol. 61, No. 231
(2005), pp. 363-393.
Para Polkinghorne Dios es una hipótesis de “fundamentalidad
necesaria”, más verosímil y de mayor fuerza explicativa que la hipótesis
atea de la autosuficiencia necesaria y absoluta del mundo físico, o de la
posición que remite al azar cuanto no podemos explicar, o de la que sostiene la
incomunicación total entre la ciencia y la religión. Llega
a afirmar: “La búsqueda de comprensión que es natural al científico es,
al fin de cuentas, la búsqueda de Dios; así es como la religión continuará
floreciendo en esta Era de la Ciencia”.
Otros científicos que no se resignan al inmanentismo, recurren a explicaciones
panteístas (Dios se identifica con el mundo) o panenteístas (Dios está presente
en toda la creación); Polkinghorne va más allá: se adscribe al concepto bíblico
de un Dios personal que se comunica con nosotros. Lo que me interesa destacar
es que existe hoy un diálogo serio entre científicos y teólogos, que está
replanteando la relación entre ciencia y fe en los términos que exige el presente.
Un presupuesto necesario es aceptar la limitación y los condicionamientos de la
razón científica.
Hay diversas formas de conocer, muchas aún muy poco exploradas. Reducir nuestro
ámbito cognoscitivo a la razón científica sería lamentable, incluso para la
ciencia misma. Me acerco a realidades inasibles para la razón cuando la música
me traslada a otras dimensiones; no puedo negar el universo de Mahler o de
Mozart por el hecho de que la razón científica sea incapaz de penetrar en él.
Me acerco a realidades metacientíficas también cuando me envuelve la mirada de
un retrato de Rembrandt, o me sumerjo en los versos de Piedra de Sol de Octavio
Paz, o me enternece la sonrisa de un niño o la mirada amorosa de una madre.
Somos más que razón; somos vivencias de amor, temor y esperanza, conciencia de
nuestra vulnerabilidad, seres éticos, obligados a solidaridades con los demás;
somos quizá símbolos o indicios de otra realidad. No nos reduzcan, por favor, a
una ecuación de relaciones ni a un pequeño modelo de insumos y productos.
Todos los seres humanos tenemos más preguntas que respuestas; es ésta una
asimetría existencial que nos persigue de la infancia a la vejez, como
característica esencial de nuestra especie. Las preguntas fundamentales, las
“de sentido” –¿qué soy, qué es mi vida, qué es mi muerte, qué
puedo conocer, qué debo hacer, qué puedo esperar, hay Dios y es posible
comunicarme con él?— están en pie. Ante ellas las ciencias tienen muy
poco que decir; ante ellas, a veces, la experiencia de Dios puede iluminarnos,
si se dan ciertas condiciones: silencio interior, humildad, desprendimiento de
las cosas, aceptación de nuestros desamparos y apertura amorosa al prójimo.
Esto es para mí la fe.
Todo lo dicho hasta aquí lo dijo de una manera más bonita y sencilla Einstein:
“Hay dos maneras de vivir: una, como si nada fuese milagro; otra, como si
todo fuese milagro”. Misterio es también por qué elegimos entre una y
otra.
*Investigador Titular C en el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad
y la Educación, UNAM
*Investigador Nacional de Excelencia y Emérito del SNI
*Miembro del Consejo
Consultivo de Ciencias de la Presidencia (CCC)
consejo_consultivo_de_ciencias@ccc.gob.mx