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CCC.-Artículo del Dr. Arturo Menchaca R.



Title: Xxxxxx

DR. WOLF LUIS MOCHAN BACKAL

CENTRO DE CIENCIAS FISICAS

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTONOMA DE MEXICO

Presente

 

Me estoy permitiendo hacerle llegar el artículo escrito por nuestro consejero, Dr. Arturo Menchaca Rocha, titulado “Un experimento en el CERN: Acto segundo”, publicado el día de hoy, en la sección Opinión del periódico La Crónica de Hoy.

 

Aprovecho la ocasión para enviarle un cordial saludo.

 

Atentamente,

 

Luz Elena Cabrera Cuarón

Secretaria Ejecutiva Adjunta

 

Consejo Consultivo de Ciencias de la

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Por: Arturo Menchaca | Opinión

Miércoles 22 de Octubre de 2008 | Hora de publicación: 01:42

 

 

Un experimento en el CERN: Acto segundo

 

Hace ya un poco más de un año escribí una nota (La Crónica, 11 de julio 2007) en esta sección describiendo la misión que un grupo de físicos mexicanos de la UNAM y el Cinvestav llevamos a cabo en el CERN (Centro Europeo de Investigaciones Nucleares). En aquella ocasión me concentré en describir un instrumento construido en México y que hoy ya está instalado satisfactoriamente en el experimento ALICE (A Large Ion Collider Experiment), utilizando el acelerador de partículas más grande del mundo: el LHC (Large Hadron Collider). Por estos días la prensa mundial nos anuncia el inicio, no sin dificultades, de las operaciones de ese gran acelerador. Así, creo oportuno explicar a los lectores la motivación científica de ese experimento, y por qué seguro se lo está preguntando, el interés que tiene para México nuestra participación.


Para ubicarlo en el problema, empezaré por explicarle el significado físico de las siglas utilizadas en el párrafo anterior (LHC y ALICE). Para ello, recordemos que la materia está hecha de átomos, que son como sistemas solares en el que los planetas se llaman “electrones” y el Sol es el “núcleo”. Este último está hecho de “neutrones” y “protones”. Los primeros carecen de carga eléctrica (de ahí su nombre) y los segundos poseen una carga cuya magnitud es idéntica a la de los electrones (-), pero con el signo opuesto (+). El núcleo tiene tantos protones como electrones tiene el átomo al que pertenecen, de manera que este último es eléctricamente neutro. Naturalmente la atracción que se da entre esas cargas eléctricas opuestas es lo que mantiene unido al átomo. Si a los protones del núcleo le agregamos un cierto número de neutrones, que resulta ser parecido a su número de protones, entenderemos cómo están constituidos los núcleos de los átomos de toda la materia que nos rodea. Sin embargo, todo parece indicar que los mismos protones y los neutrones están hechos de otras partículas, denominadas “cuarks”. Hoy en día se conocen muchas partículas que también parecen estar hechas de cuarks. A ese conjunto se les conoce genéricamente como “hadrones”.


La teoría que propone que prácticamente toda la masa del universo está hecha de cuarks, denominada “modelo estándar”, supone que los cuarks interaccionan entre sí por el intercambio de otras partículas denominadas “gluones”. Más aún, se cree que los cuarks y los gluones poseen una propiedad, denominada “color”, un término figurativo que no tiene nada que ver con el color que ven sus ojos. Sin embargo, también nos dicen que estas partículas esconden su color con gran pudor. Es decir, así como a los átomos les gusta vivir eléctricamente neutros, los cuarks se juntan combinando sus colores para formar estructuras “neutras” de color.


Siguiendo con ese símil, recordemos que una manera de estudiar las transiciones eléctricas posibles en los átomos es “ionizándolos”, o sea, dándoles energía suficiente para que liberen a sus electrones y formen un “plasma ionizado”. De la misma forma se espera poder estudiar el comportamiento de la “carga” de color, produciendo un “plasma de cuarks y gluones”. Experimentalmente eso se logra también dando mucha energía a un conjunto de hadrones, comprimiéndolos unos contra otros para producir el mencionado plasma “cromodinámico”. El problema es que la energía que se necesita en este caso es enorme, y para eso se requiere el “acelerador” más grande del mundo.


La manera más eficiente de darle energía interna a un conjunto de partículas es haciéndolas chocar unas con otras, de ahí el nombre de “colisionador”. Así, ya tenemos los ingredientes para entender las siglas LHC: gran (Large) colisionador de hadrones (Hadron Collider). El nombre ALICE es más fácil de entender, pues se trata de un (A) gran (Large) experimento de colisión de iones (Ion Collider Experiment).


Los cosmólogos sospechan que al inicio del universo debió existir un plasma de cuarks y gluones. Por lo mismo, estudiar en el laboratorio el comportamiento de ese estado de la materia nos deberá ayudar a comprender con mayor detalle los procesos que se dieron en el famoso Big-Bang. Más allá de esto, entender la “cromodinámica cuántica”, es uno de los temas más fundamentales de la física moderna.


Pero ¿qué importancia podría tener eso para México?, ¿por qué hay mexicanos metidos en esto?, ¿cuánto nos cuesta? y ¿quién lo paga? Estas son preguntas genuinas que voy a tratar de responder aquí. Empezaré por la última, que es la más fácil. Como ya se ha de sospechar, es usted quien paga parte de la cuenta. Se estima que el LHC y sus detectores (incluido el ALICE) han costado unos 6,000 millones de dólares, de los cuales México ha aportado unos 3 millones de dólares (incluyendo salarios) provenientes principalmente del Conacyt y de las instituciones a que pertenece la treintena de mexicanos que trabajamos en este proyecto desde el año 2000, es decir, la UNAM, el Cinvestav, la BUAP, etc. Es decir, el costo que se paga para que la bandera de México aparezca junto a las de las otras naciones que participan en una de las aventuras científicas más importantes de la actualidad es, apenas, 0.05% del total. Para ponerlo en perspectiva, esta aportación es bastante inferior al precio que hoy en día se paga por alguno de nuestros jugadores de futbol de Primera División.


El interés del LHC y el ALICE primario es, naturalmente, científico. Pero también está el orgullo de tener buenos científicos, igual al que sentimos por algunos jugadores de futbol, artistas e intelectuales. Pero en realidad hay otra ganancia que obtiene México en este tipo de aventuras: la tecnología. Hay que decir que ésta es probablemente la que más le importa a los países del primer mundo que participan. Efectivamente, el gasto en investigación básica es la principal modalidad que tienen esos países para impulsar su desarrollo. ¿Qué interés pudo tener Estados Unidos en llegar a la Luna?, ¿por qué ese país se sintió tan amenazado cuando los rusos iniciaron su carrera espacial? Sin duda no era la prisa por recoger piedras en ese romántico satélite terrestre, cuyas rocas son tan parecidas a las que hay en la Tierra, que no vale la pena ir por ellas. No, el interés era, evidentemente, tecnológico. La primacía en el desarrollo de una industria espacial que hoy nos vende satélites para comunicaciones, para localización, información geográfica tan detallada que ya no tenemos nada que ocultarles. Ese era el propósito de la aventura espacial, y ese es el interés último de la enorme inversión en lo que se asegura es la aventura científica más cara de todos los tiempos: la tecnología. Pensará usted que México está muy lejos de necesitar aceleradores de partículas. Ojalá no los necesite, pero le interesará saber que numerosos hospitales en México están equipados con aceleradores y detectores de partículas (sí, como el LHC y el ALICE, pero en pequeño) para diagnosticar y curar males como el cáncer. Sin embargo, hoy por hoy, todos esos equipos son comprados a precio de oro. La única manera de cambiar esa situación es aprender esa tecnología y aplicarla en México. Así, la próxima vez que escuche que hay mexicanos trabajando en el LHC, como en otros grandes proyectos científicos, por favor no piense que se están gastando su dinero en vano. Pronto uno de nuestros estudiantes lo va a atender, en un hospital, en un centro de cómputo, reparando un instrumento sofisticado o asesorando a su empresa sobre qué equipo comprar para que no le tomen el pelo.

*Investigador, ex director del Instituto de Física de la UNAM
*Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República (CCC)

consejo_consultivo_de_ciencias@ccc.gob.mx